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jueves, 1 de octubre de 2009

El yo del escultor

Hipotética entrevista a un ilusorio escultor; quien trabaja con formas, manipulando su materia, modificando su apariencia para encontrar la forma soñada, la ideal, la que aún no existe o simplemente no se ha hecho presente…


YO.- ¿Qué lo llevó a la escultura?
EL.- Mis manos; cuando me di cuenta que con ellas podía transformar la materia y modificar su forma. Fue entonces cuando entendí que toda materia posibilita una forma y que todas las formas en la naturaleza dependen de su componente material. Solo conociendo y comprendiendo ese componente podemos manipularlo para que su apariencia sea diferente. No puedo trabajar una escultura de arcilla de la misma manera que una escultura de piedra. Sin embargo el resultado final puede ser el mismo, pueden tener la misma forma, eso no hace la naturaleza, solo mis manos pueden sacar cualquier forma de cualquier material.
YO.- ¿dice que su principal herramienta son las manos?
EL.-
Así es. Aunque al decir manos me refiero al ser humano en su totalidad. Para mí las manos representan la unión de esfuerzo físico e intelectual del hombre, cuando veo manos trabajando son el espíritu y la materia quienes se manifiestan, las manos son el vínculo entre lo intangible y tangible, entre la idea y la cosa, entre el hombre y la naturaleza. Son la herramienta perfecta.
YO.- ¿Entonces es transformable todo lo que pueda alcanzar con sus manos?
EL.- todo lo que pueda alcanzar con mi voluntad
YO.- Hay un viejo dicho: “ver para creer”. ¿En el caso del escultor podría decirse “tocar para creer”?
EL.-
En nuestra profesión hay que ser un poco escépticos, no nos conformamos con ver; necesitamos también tocar. Los escultores miramos el horizonte y queremos tocarlo, transformarlo. Un escultor necesita crear. Sentir el infinito en sus manos.
YO.- ¿Para usted qué es la forma?
EL.-
Nunca he podido contestarme esa pregunta, siempre que me la hago tengo más interrogantes y dudas, pero estoy seguro que se parece a una máscara con la que se cubre la verdad.
YO.- ¿La forma es una máscara?
EL.-
Si, una máscara; esa piel exterior, ese escudo que todos tenemos y alimentamos a través de nuestra vida. Nuestra ideología, creencia y pensamiento son eso; capa sobre capa, máscaras que se superponen hinchándose como costra sobre la herida. Son la personalidad que adquirimos para representar bien nuestro papel social. Las cosas también tienen su máscara, su límite más externo, su esencia escondida ¿Cual es el término de las cosas?, ¿hasta donde llegan?, ¿hasta donde somos? ¿Terminamos en la epidermis? ¿Es nuestra apariencia la forma última de nuestro ser? ¿Mi ser abarca también lo que miro, lo que toco, lo que siento?
Cuando abro los ojos y miro al horizonte, ¿hasta donde soy? ¿Mi ser termina en mis párpados o en ese horizonte?
Develar esa máscara es lo que me interesa.
YO.- El problema de la forma que usted plantea lleva inmerso cuestiones espaciales. Cuando usted habla del horizonte por ejemplo.
EL.-
Efectivamente. Considero que la forma de cualquier cosa, o la percepción que tenemos de ella – que es lo importante – está estrechamente relacionada con el espacio que la rodea; con su entorno. Lo primordial es el espacio. La forma depende de él, al menos así lo apreciamos, y sin embargo el espacio no existe antes que la forma. Ambas están ahí.
Cuando trabajo en una escultura la línea de su diseño dibuja no solo el objeto sino también su vacío, es decir, que cuando extraigo un pedazo de piedra a un bloque de mármol modifico su forma y también la del espacio que la contiene. Es una línea quien separa la cosa de su espacio, pero por definición la línea no tiene espesor, entonces lleno y vacío, presencia y ausencia están íntimamente relacionadas.
YO.- Comprendo que el espacio se modifique o cambie al transformar su forma contenida o continente, pero ¿cómo podría una forma modificarse al manipular su espacio?
EL.-
El espacio en que vivimos condiciona y hasta determina nuestra forma, nuestro ser. Siempre se experimenta un cambio al ingresar a un espacio, algo se da y algo se recibe. No es lo mismo estar en una catedral o estar en una cárcel, tampoco da igual estar a la intemperie o bajo techo. No somos los mismos. Con los objetos pasa lo propio ya que todo lo existente en el universo -incluyéndonos a nosotros por supuesto- está conformado con los mismos elementos, tan solo varía sus combinaciones o cantidades.
YO.- Ud. dice, por ejemplo que, ¿la forma de esta taza no es la misma si estuviera en otro lugar?
EL.- Así es. El espacio modela la forma.
YO.- ¡Explíquese!
EL.-
Note usted los cambios que se producen en su rostro cuando observa una linda chica. La distancia entre esa mujer y usted es el espacio, la chica observada es su límite; algo cambia en usted al mirarla, entonces la mujer ha logrado modificarlo, ha alterado su forma, su forma termina donde la de ella empieza, hasta ella llega su deseo, hasta ella llega su ser. Lo mismo ocurre al mirar una estrella o un abismo.
YO.- Pero…eso ocurre con los seres vivos…
EL.-
La escultura es vida.

La entrevista terminó, sus palabras se ausentaron y el café dejó un espacio vacío en la taza aún caliente, solo queda el recuerdo de sus mensajes; imágenes con fragancia, complejos dibujos que sus manos esbozaron mientras bailaban con el humo. Formas que jugaban en el espacio mostrándome caprichosas su verdad. Formas efímeras que se escondían en cuanto asomaban. Formas que me abandonaron con la cabeza llena de incertidumbre y dudas.

sábado, 15 de agosto de 2009

Representación espacial y videojuego (Parte 1)












Vida de avatar

“no digáis que queréis “jugar”, es mucho mejor decir que deseáis estudiar la técnica dinámica de búsqueda y evaluación en un espacio de problemas multidimensional que incorpora recuperación de la información y que está realizado en un lenguaje chomskiano de tipo 2”
1972 A.G. Bell

Todos los acontecimientos que han forjado la cultura, o las culturas, trataron siempre de estar registrados. La humanidad constantemente dejó su huella ya sea por una predeterminada y sistemática labor intelectual como por el normal y fluctuante devenir de los acontecimientos. Una huella dejada en piedra o papiro con la sutileza de un pincel o la perversidad de una guerra nos cuenta la historia del mundo. Esta alusión a huella trae implícito el registro o marca dejado por un instrumento que opera en un soporte y a su vez nos remite a la tecnología de una cultura y de cómo esta evidencia su realidad.

Lo que conocemos como realidad depende directamente de nuestra idea de realidad, una idea formada con imágenes, una idea que depende de la imaginación; esa inagotable fábrica de imágenes que nos permite prefigurar y modelar la forma del mundo, relacionar acontecimientos vividos y soñados, gracias a la cual nuestro pasado se hace presente y nuestro futuro se manifiesta. Imaginamos la dudosa infancia con ingenua curiosidad y nos inquieta la idea de ver a la Parca cortando nuestro hilo vital. Tan solo con imágenes nuestra vida cobra forma o por lo menos somos concientes de ella.

Es de realidad que se habla cuando mencionamos videojuego, una particular realidad en la que trata de sumergirnos y de anclarnos. Y lo logra gracias al efecto de ilusión que produce la acción misma de jugar. Jugar con tecnología que facilite esa ilusión, esa ficción, esa “otra” realidad. Esta idea de realidad necesariamente articulada a la tecnología que la evidencia es lo que de alguna manera se conoce como “realidad virtual”, entendida ésta desde el campo de la informática, mas no de la filosofía.
La realidad virtual es uno de los pilares donde se establece la eficacia de un videojuego, ya que éste nos proporciona imágenes que de alguna manera describen una realidad semejante a la nuestra, en la que puede desenvolverse una vida también semejante a la nuestra como lo manifiesta contundentemente Second Life, juego en red que nos promete una segunda oportunidad de vivir, o nos ofrece la vida que siempre soñamos tener y que lo podemos lograr gracias a nuestro avatar , es decir nuestro “otro yo”, nuestro “yo virtual” un yo soñado para una vida soñada. Una vida de juego, como cuando miramos a un niño con su traje de superhéroe convencido que puede volar y tal vez lo está haciendo. Juan Doffo nos recuerda que “en la India hay un concepto, lila, que en sánscrito significa a la vez vida y juego. Es decir que si la vida es juego, también es un simulacro, una ficción…”

Cuando juego no puedo evitar hacerme la idea de estar en otra realidad, cuando estoy frente a esa resplandeciente pantalla, haciendo la de héroe, como si fuera un gran guerrero o deportista; disparando a diestra y siniestra ráfagas de color o rayos luminosos como si de un Zeus invencible se tratara o con la habilidad de recorrer mundos, de sobrevolarlos a grandes velocidades; cielos lejanos y mágicos que ni siquiera las zapatillas aladas de Mercurio imaginaron jamás pisar

Para Johan Huizinga el juego es una situación ficticia que puede repetirse, es decir, es imaginaria y el espacio y el tiempo resultan irreales. Huizinga se refiere a todo tipo de juego. Y es esta característica (situación ficticia) precisamente la más aprovechada por el videojuego
Las demás características que nos habla en su libro “Homo Ludens” revelan que todo juego tiene que ver con reglas, con límites y orden específicos, reglas de las que depende la existencia misma del juego. En los videojuegos, y considerando que se tratan de programas de computación las reglas y límites resultan ineludibles.

Los principales elementos que se mencionan cuando se habla de videojuego son: Algoritmo, actividad del jugador, interfaz y gráficos. Sin embargo y considerando que no soy experto en el tema, no hablaré de la mayoría de ellos. No hablaré de la interfaz como aparataje material; teclado, pantalla, joystick, etc. que deviene en portal que une al jugador con el juego. No hablaré tampoco del jugador; las condiciones físicas y psicológicas que surgen al jugar, tanto en su actividad diegética (lo que hace el avatar) como extradiegética. Tampoco del algoritmo como corazón del programa de videojuego, aunque éste tenga que ver mucho con la representación gráfica del juego y exija que prácticamente el jugador ejecute un algoritmo para ganar.
Mi intromisión especulativa -en futuras publicaciones del blog- tan solo se limitará a comparar ciertas características gráficas que simulan el espacio del videojuego con algunas facetas de la historia de los sistemas de representación dejando siempre abiertas las cuestiones que vayan apareciendo durante este recorrido virtual.

Me alegro haber nacido en esta época, y en un país donde la moda del videojuego tardo en llegar, pero llegó, y me alegro que haya tardado, así pude crecer fabricando mis propios juguetes, soñando con vitrinas llenas de ellos y durmiendo con un ojo abierto en noche buena. Pero también jugué alucinado con la pantalla de un televisor donde podía manipular coloridas y brillantes manchas geométricas mientras vivía como avatar.

miércoles, 3 de junio de 2009

Mi personaje

Mi personaje habita en el bosque,
en medio de montañas negras.
No tiene brazos,
tampoco piernas. No camina.
Mi personaje es rojo,
no rojo carmesí, ni rojo sangre,
sino simplemente rojo.
Mi personaje no tiene nariz, ni orejas,
no tiene ojos; pero se deja ver...
Mi personaje flota, levita,
se desliza sobre hierba negra y metálica;
es solo un cuerpo plano que no habla porque no tiene boca
pero se mueve tembloroso como si me llamara
Mi personaje no está vivo...
pero respira profundo en mi cara.

sábado, 18 de abril de 2009

evasiva

Ayer precisamente quería tomarte y llevarte a mis labios, pero no pude, estaba inmóvil. Tu esperabas pacientemente que mi mano se acerque decidida, pero mi mano no pudo salir del bolsillo, jugaba torpe con un par de monedas y ciertamente se sentía cómoda con el calor de mi pierna.
Yo desvié la mirada hacia el teléfono celular que estaba a tu lado, creí que se encendió, creí que sonó, que vibró, pero me equivoqué, sólo quería evadirte y es que no es mi culpa, todo el mundo dice que me haces daño, que puedes matarme, yo no los escucho - tú sabes- y siempre te llevo conmigo aunque sea a escondidas. Ayer fui débil, eso es todo. Pero ahora estoy aquí, contigo en mis manos y sólo voy a encenderte y poco a poco fumarte.

viernes, 19 de diciembre de 2008

¿Calidad o Cantidad?







“En Guayaquil está el software y en Quito el hardware”, fue la conclusión a la que llegó Gerardo Mosquera (crítico y curador cubano) al ver la exposición de X Andrade (antropólogo y artista ecuatoriano) sobre el arte que se desarrolla en Guayaquil, mejor dicho, en el ITAE, instituto del que X Andrade es profesor. El comentario fue emitido en torno a la exposición “Otro arte” que se exhibe en Quito.


Nadie respondió, pasmados nos quedamos luego de escuchar a Mosquera. Me pregunté, dónde se quedó ese orgullo del que tanto se jacta Quito como “capital cultural”? Era evidente. Todos estaban de acuerdo, todos habíamos escondido mojigatamente esa verdad durante mucho tiempo. Se produce, hay museos, exposiciones, música, danza, teatro, cine, etc. Si nos remitimos a las palabras de Mosquera; solo es cantidad y nada de calidad. Y es que todas estas manifestaciones están cobijadas por el cálido manto de la Institución, solo es arte institucionalizado, acomodado y moderado. El municipio y su “desinteresado apoyo a la cultura” gestiona, apoya y promueve eventos culturales como reinas de Quito, eventos que tienen calificación A; aptos para todo público. No es que esté en contra de que un niño con su trajecito de spiderman vaya acompañado de su papá con camiseta de la liga en un paseo dominical por los palacetes municipales, (de hecho una de mis acomodadas obras se expone en el centro cultural Itchimbía) Pero querer clasificar, ordenar e institucionalizarlo todo para “culturizar” a la comunidad es darle circo al pueblo. Eventos que en su origen fueron irreverentes como Al Zur-ich o el Quitu Raymi terminan siendo fiesta popular con banda de pueblo y canelazo.

Se supone que en Guayaquil es diferente. Debido que a la institución municipal poco o nada le importa la “cultura”, las manifestaciones artísticas resultan contestatarias, irreverentes y políticamente “incorrectas”, es decir, espontáneas. Ése es el arte que el ITAE produce, al menos así lo dio a entender X Andrade, un arte producto de la investigación sociológica y antropológica, un arte que no se aísla de su contexto, un arte que mira a la ciudad, cuyo lienzo son sus calles y su color las ideas.

Fuera del ITAE culturalmente siempre vi a Guayaquil como una ciudad extremadamente conservadora, dispuesta a erigir monumentos a León Fébres Cordero a manera de ídolo santificado, y hacer penitencia pública por cualquier derrota del Barcelona, pero al mismo tiempo una ciudad con el candor de un niño que está atenta y asimila cualquier chirriante suceso que la moda imponga.
Entonces ¿el ITAE representa a Guayaquil?, o tan solo es la visión crítica de una sola escuela que al parecer tiene cierta “fijación” con la “Renovación Urbana” de la ciudad. (Es verdad que alguna voz tenía que levantarse, y qué mejor que sea la de los artistas, ante tal derroche en cosmética urbana para propaganda social-cristiana, pero también es verdad que Guayaquil no solo es el Malecón.) Una escuela, en la que al parecer se mantiene una productiva y rigurosa competencia intelectual, pero su investigación antropológica, su acercamiento a la ciudad, sus intervenciones en ésta me parecen postizas y falsas.
Al ver la reacción del público, del hombre de a pie ante algunas obras del ITAE se delata la falta de interés del artista hacia el ciudadano común. Y es que su receptor, su público no está en las calles como parecería, sino en las aulas de su propia escuela, son sus compañeros con quienes compite y son sus profesores con quienes se prueba. No son los ciudadanos de Guayaquil.
Como extraterrestres observan desde las alturas la ciudad, luego se infiltran entre sus habitantes, se confunden con ellos y toman muestras. Después regresan a su escuela, a su nave nodriza y hacen arte.

Éste instituto es solo una parte de Guayaquil, de una ciudad fragmentada, contrastada y compleja. Como lo es también Quito, en la que las partes no pueden representar el todo.
Es con esa variedad y complejidad con la que me quedo, con el canelazo y la banda de pueblo, con las reinitas y los extraterrestres. Es decir, con la cantidad.
Fotos: cortesia Mayra Avila

jueves, 17 de julio de 2008

El número de Dios

Hay quienes necesitan conocerlo todo, conocer el origen, conocer el universo y para hacerlo su mejor aliada es la matemática. 3,1415926... “Fe en el caos” (1998) de Darren Aronofsky nos cuenta la historia de uno de ellos, quien está convencido que el universo que nos rodea está hecho de números. Sus investigaciones, desarrolladas en la soledad y el anonimato de un paranoico, pertenecen al mundo de lo intangible, de lo abstracto y virtual de los números. Estos lo llevarán a encontrarse con problemas más mundanos...
La complejidad del tema tratado por la película solo pudo abordarse por medio de símbolos, los mismos que reiteradamente aparecen en el film, dándonos ciertas pautas que nos ayudan a apreciar una obra que roza lo surrealista:

En blanco y negro. La película realizada en blanco y negro nos insinúa el aspecto esencial de la misma: los polos opuestos de la condición humana.
La necesidad de conocer la luz, la verdad, de descifrar el sentido de la existencia, de rozar ese destello de absoluto… En contraposición: por su propia condición el hombre nunca podrá acercarse siquiera un poco a esa verdad absoluta. Entonces se sabe insignificante, sumido en la ignorancia, encerrado en la oscuridad de una existencia limitada e indescifrable.
La película se desarrolla en ese marco simbólico, así como el espíritu humano se debate oscilando entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre lo material y lo espiritual (estos dos aspectos, caracterizados por los representantes del comercio y la religión que en el film hostigan al matemático), entre lo blanco y lo negro.

La hormiga. Representa al hombre en toda su condición de animal pequeño, empecinado en su trabajo, que no se rinde, que continúa, que avanza; a pesar de encontrarse en un mundo que no entiende, que lo supera, que lo sobrepasa. No importa cuanto trabaje, la “naturaleza” puede eliminarlo de manera tan fácil como aplastar con un dedo a una hormiga.

El árbol. Representa la tentación del conocimiento, se lo muestra siempre cerca de la luz, a un paso de ella; hay que elevar la vista para ver el árbol y hay que elevar la vista para ver la luz. Es ese árbol de la mitología cristiana, el del fruto prohibido, es el árbol de la sabiduría. Una ves que el hombre prueba su fruto, toma con-ciencia. Es expulsado de ese paraíso, de esa felicidad: esa confortable oscuridad que solo la ignorancia puede brindarnos.

El cerebro. Es el medio, el instrumento del hombre, su propio espíritu. Es por él que se puede llegar a la luz, al conocimiento. También es él quien nos hace caer en cuenta de nuestra limitación. Es por él que somos concientes de nosotros mismos, de nuestra condición, gracias a él sabemos que dejamos atrás el paraíso y por él nos sabemos infelices. Hay una escena en la película en que se lo presiona con un lápiz (símbolo e instrumento de la técnica), entonces se aprecia un destello de luz; solo presionándolo se puede llegar al conocimiento. Es el hombre mismo, es la “materia gris” en el justo medio del blanco y del negro.

La espiral. Es el 3,1415926… es el infinito; el hombre querrá conocerlo, aprehenderlo, recorrerlo, es su necesidad, es su naturaleza, es su deseo.
Se presenta en todas las cosas, esta en todas partes, desde el humo del café hasta una constelación. Al mismo tiempo se encuentra cerca y lejos del hombre, fuera y dentro de él. Es Dios.

sábado, 14 de junio de 2008

Gallo negro, gallo blanco

Medio día; el sol pega fuerte sobre el piso y sobre el mundo, trato de evitarlo... camino lento con la cabeza gacha por la franja oscura que me separa del sol. El Terminal terrestre no es precisamente el mejor lugar para pasear, hay que esquivar las grandes mochilas, canastos y bolsos que deambulan junto a su viajero, a los vendedores ambulantes y al sospechoso que te ofrece la última “canon” de algún gringo despistado. También está el fanático religioso que sin contemplaciones te pone a la “virgencita” en la cara. Hay que hacerse a un lado: del sol y de la gente.
Tenía hambre y sin ganas buscaba donde almorzar, mientras me decidía donde entrar, hacía oídos sordos a los anuncios de comida gritados por los saloneros que con carta en mano salen al encuentro de cualquier transeúnte hambriento.

Una pequeña multitud llama mi atención, algo miraban con interés en un kiosco de discos piratas. Mientras me acercaba, las notas conocidas de una vieja canción me iban envolviendo, a cada paso me llegaban con más fuerza. Pude reconocerla, se trataba de Eye of the Tiger de Survivor, popularizada en Rocky III,esa canción siempre me resultó, -por decirlo de algún modo- alentadora, no sé exactamente por qué, pero supongo que el hecho de haberla escuchado en un momento de mi vida en que sólo quería vestirme de negro y hacerme un tatuaje, algo tendrá que ver. Ahora no quiero vestirme de negro, y menos con este sol. Nunca me hice el tatuaje, creo que por indecisión, y es que solo imaginar estar pegado a algo o alguien el resto de mis días me produce cierto desarreglo emocional.
Me encontré balbuceando la canción, mí encorvada figura se irguió y avanzaba decidido hacia la concurrencia, podía ver sus rostros, el brillo de la pantalla en ellos...

Saltaban furiosos, adivinaba el dolor y la rabia, me provocaba cerrar los ojos pero no lo hacía, al contrario, estaba fascinado con el espectáculo. Imágenes burdas de una cámara casera me mostraban a dos gallos, y cuando digo gallo, no me refiero al jactancioso y engreído individuo que se da de “muy gallo”, sino simplemente al ave macho de la gallina, en combate a muerte contra otra ave macho de gallina. Siempre había oído hablar sobre estas peleas, pero nunca me interesé. Ahora la miro y no puedo dejar de hacerlo. Uno de ellos, (el negro) saltaba rabioso sobre el otro (el blanco) desgarrando piel y plumas. No entendía por qué no paraban la pelea; era evidente que el gallo negro estaba dándole una paliza al blanco; éste a duras penas podía incorporarse y amagar unos picotazos. Se confirmaron mis sospechas: los negros son mejores peleadores que los blancos, sean de la especie que sean. Solo la música a todo volumen de Rocky III me decía lo contrario. Cuando estaba a punto de vencer el morbo que me mantenía boquiabierto ante la pantalla, en un movimiento incomprensible para mi condición de fisgón implume, el gallo blanco deja sin reacción al negro, aniquilándolo por completo ante mi afónico asombro.

Casi confundido dejo los gallos, su música y su kiosco, sin darme cuenta había dejado también esa confortable sombra. Me dirijo directamente hacia el primer salón de comidas que avisté. Ya adentro, la ventana blanca me dice que el sol lo está quemando todo. Me traen la carta, leo los precios y sin más preámbulo digo: un seco de pollo por favor.

martes, 13 de mayo de 2008

Anhelado olvido



“¡Qué feliz es la suerte de la vestal sin tacha!
Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada.
¡Eterno resplandor de la mente sin mancha!
Cada rezo aceptado, cada antojo vencido”.

Alexander Pope


Un recuerdo no querido, pero de obstinada presencia puede aniquilarnos por dentro, puede carcomer las paredes internas de nuestro ser y hacer que el pasado surja vehemente y se torne en insoportable presente.
Solo el olvido puede permitirnos vivir.

Olvidar; ese es el tema central de El eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004); película dirigida por el francés Michel Gondry. Solo olvidando a Clementine (Kate Winslet), Joel Barish (Jim Carrey) podrá arrancarse la espina de rechazo que ésta le dejo con su indiferencia... La decisión está tomada y Joel acude donde un especialista en quitar recuerdos y borrar vivencias. Es necesario olvidarla.
Lo que no se percató Joel, es que en el tratamiento los recuerdos más hermosos que con ella vivió también se irán, entonces decide cancelar el proceso... Pero es imposible: está inconciente.
La pareja ideal solo es eso; una construcción mental que se sostiene con sueños. Al final llegarán el tedio y el hastío, llegará la costumbre y nos mostrará otra verdad. Una verdad diferente y ajena en cuyo molde no caben esos sueños.

El guión de Charlie Kaufman nos cuenta la historia de atrás hacia delante, desde que Joel empieza a recordar a Clementine la última vez que la vio. Nos dice que solo al final de la película entenderemos su inicio. Y con pequeñas dosis de Nietzsche, nos insinúa su eterno retorno.

Somos memoria, el olvidar implica desaparecer...
A menudo el pasado nos visita... un objeto, un olor, un sonido a veces bastan para invocarlo. Recuerdos, vivencias pasadas, pequeños instantes se acumulan en la memoria, una memoria ávida de evocaciones, de tiempo, de vida.
El recuerdo; esa extraña sensación de haber vivido, es lo único que tenemos.